Una nueva teoría de la mente

Durante mucho tiempo, bajo el dominio de la teoría cognitivista clásica, se ha considerado la mente como un conjunto de procesos independientes de cualquier forma material. Toda actividad mental podía ser interpretada en términos de representaciones mentales y de los procesos o reglas por los que estas representaciones son manipuladas o transformadas. De acuerdo con el cognitivismo, no es necesario disponer de un cuerpo para tener una mente. Representaciones y procesos mentales (software) se podrían simular artificialmente con la tecnología adecuada (hardware). El relativo fracaso de la inteligencia artificial ha cuestionado seriamente el enfoque computacional de la mente, basado en una identificación injustificada de mente, símbolos y lógica. Tan pronto como se ha intentado simular procesos mentales, relativamente simples para cualquier ser vivo, como los asociados con la percepción, la sensación, las emociones, el movimiento, la atención o el aprendizaje, se ha visto que la tarea resultaba abrumadora en el marco de una mente “descorporeizada”.

El reciente auge de la teoría de sistemas complejos ha dado un nuevo impulso a la idea de mente no representacional. Un ser vivo tiene un comportamiento inteligente (se anticipa y aprende) no por su capacidad para procesar información externa convertida internamente en representaciones conscientes, algo solo accesible a unos pocos animales superiores, sino por su capacidad para autorregular su dinámica interna en función de los cambios en el entorno y producir respuestas adecuadas que emergen funcionalmente de su propio proceso interno de auto-organización. En todo ello, el cuerpo (no solamente el cerebro) y el entorno juegan un papel fundamental, dando lugar una teoría de la mente “embodied”, o corporeizada, y “embedded”, inmersa en un contexto, extendida, y que es aplicable a cualquier ser vivo, tenga sistema nervioso o no. Esto es, de acuerdo con este enfoque, todos los seres vivos tienen mente, o si se prefiere, realizan actividades que pueden considerarse mentales. Y con matices, lo mismo se podrá decir de los sistemas vivos (conjuntos de seres vivos) y, por tanto, de las organizaciones humanas.

La Teoría Enactiva de la mente

Dentro de las diversas propuestas postcognitivistas, la teoría enactiva de la mente, desarrollada inicialmente por Maturana, Varela, Rosch y Thompson, aporta elementos muy innovadores en la manera de entender la mente, al proponer que la cognición surge de la interacción dinámica entre un ser vivo y su entorno, una interacción que permite a un ser vivo, no tanto recibir pasivamente información del entorno traducida luego en representaciones internas, sino participar activamente en la generación de sentido, en transformar y producir nueva información. En su actuar sobre el mundo, en sus relaciones con el entorno físico y con otros seres vivos, los seres vivos “cocrean”1, dan forma al mundo. Desde esta visión, la mente no es algo exclusivo de los seres vivos dotados de un sistema nervioso, o de un cerebro, sino que es un proceso en el que participan todos los seres vivos. “Donde hay vida hay mente, y la mente incluso en sus formas más articuladas pertenece a la vida”, afirma Evan Thompson (2007) en su defensa de la continuidad absoluta entre vida y mente. En el caso de los seres humanos, seres vivos dotados de un complejo sistema nervioso, sus capacidades cognitivas emergen de una compleja red de influencias recíprocas entre el sistema nervioso, el cuerpo y el entorno. De acuerdo con esta teoría, el cerebro no está al mando ni controla el cuerpo. Toda actividad mental es el resultado de un proceso emergente global que atraviesa el cerebro, el cuerpo y el mundo2.

En su libro The Embodied Mind Varela, Rosch y Thompson (1991), explican con detalle las principales características de esta teoría:

  1. Autonomía y acoplamiento estructural: Los seres vivos son agentes autónomos que mantienen activamente su identidad, y al hacerlo, ‘generan’ sus propios dominios cognitivos (esto es, “cocrean” espacios de sentido). Un sistema autónomo no procesa información que preexiste “ahí afuera”, sino que “produce” información en sus interacciones continuas y recíprocas con el entorno. Un nutriente, por ejemplo, no es algo que el entorno suministra a un sistema vivo, es algo cocreado por el sistema vivo y el entorno en su larga relación de dependencia mutua (acoplamiento estructural). Sin esa cocreación recíproca el nutriente, solo sería una sustancia química, algo sin forma o valor para el ser vivo. Es a través del acto de cocreación de sentido que se da en la relación entre el ser vivo y el entorno que la sustancia química se convierte en nutriente (o en un tóxico) para el ser vivo.
  2. El sistema nervioso no tiene primacía ni control: El sistema nervioso no procesa información procedente de nuestras sensaciones y percepciones para controlar la conducta. Como sistema dinámico semiautónomo, lo que hace es generar y mantener de manera activa, coherente y con sentido, sus propios patrones de actividad, operando como una red circular, “reentrante”3 y sensomotora de neuronas en interacción. Un ser vivo no actúa a partir de decisiones que “toma” su cerebro (ni tampoco un yo o una conciencia separada del cuerpo), actúa a partir de decisiones que emergen como resultado de múltiples y recursivas interacciones entre diferentes sistemas dinámicos, representados por el cuerpo, el cerebro y el mundo (lo que incluye, en el caso de un ser consciente, un campo de relaciones sociales y culturales).
  3. La cognición como acción corporeizada: Los procesos y estructuras cognitivas emergen de recurrentes patrones sensomotores de percepción y acción. El acoplamiento sensomotor entre un ser vivo y su entorno modula, pero no determina, la formación de patrones dinámicos y endógenos de actividad neuronal, los cuales, a su vez, dan forma al acoplamiento sensomotor. De manera que es la totalidad del ser vivo, como ser dotado de un cuerpo, como sistema autónomo, autoorganizado y de agente, quien en su actuar en el mundo da sentido al mundo en el que vive.
  4. El observador condiciona lo observado: El mundo cognitivo de un ser vivo no es algo externo, preespecificado, y representando internamente en su cerebro. Es un dominio relacional “traído a la luz” o “enactuado” por la capacidad de agente de dicho ser vivo y por su modo de acoplamiento con el entorno.
  5. Cognición y fenomenología: La experiencia subjetiva es central para comprender la mente. La cognición no solo se relaciona con procesos neuronales, corporales y relacionales, es también una actividad que vivimos subjetivamente, y que implica, por tanto, la experiencia que tenemos de nosotros mismos como sujetos con un cuerpo situado en el mundo.

Para el propósito de este artículo, es importante retener la idea de que todo sistema autónomo (como lo es una organización o una parte de ella en un modelo holístico), en su acoplamiento estructural con el entorno, da luz al mundo que acoge a ambos, produce una información relevante para ambos y para la relación que mantienen. El hecho de que en un sistema vivo, el cerebro no tenga primacía ni control sobre sus decisiones y acciones (ni por tanto un “yo” construido sobre él), sino que “colabora” activamente con otros sistemas dinámicos como son el cuerpo y el entorno, nos invita a repensar las organizaciones de tal manera que su estructura interna se base en una estrecha colaboración entre estos tres sistemas dinámicos: “cerebro” (dirección, coordinación y gestión), “cuerpo” (administración, producción) y “entorno” (usuarios y comunidad)4.

La propuesta de la Neurobiología Interpersonal

En Pocket Guide to Interpersonal Neurobiology, Daniel J. Siegel (2012) define la mente como el proceso de regulación del flujo de energía e información que atraviesa nuestro cuerpo y nuestras relaciones; un proceso emergente, autoorganizado, que en los seres humanos da lugar a diferentes actividades mentales como percibir, sentir, pensar, imaginar, recordar, soñar, etc., y en el que la experiencia subjetiva (la conciencia de uno mismo) juega un papel fundamental. Gracias a la conciencia, los seres humanos podemos modificar el flujo de información y energía en el que estamos inmersos (y que cocreamos en nuestras relaciones con otras personas y con el mundo), en la dirección de mayor salud y bienestar.

Para Siegel5 la información es energía con una forma, esto es energía que sigue determinados patrones, y que tiene por tanto un significado para quien la recibe. Los seres vivos estamos inmersos en un flujo continuo de energía que nos recorre internamente y acompaña nuestra relación con el mundo exterior. Esta energía nos nutre, nos protege y nos mantiene vivos, o nos intoxica, nos agrede o nos destruye, dependiendo de la forma con la que nos llega, una forma con diferente sentido en cada caso. Lo que todavía no tiene forma, lo que no tiene sentido, no puede ser percibido ni utilizado por ningún ser vivo, puede hacernos tanto bien como mal. Desde esta perspectiva, podemos decir por tanto que la mente, es un proceso regulador de información, y que dicha regulación se hace a través de diferentes actividades mentales como percibir, sentir o pensar, siempre que entendamos que dicha información no viene dada en sí misma, sino que es cocreada en las relaciones que un ser vivo mantiene con otros seres vivos y con el entorno que los acoge a todos. Es en dichas relaciones donde la energía toma forma y se convierte en información.

En la línea de la teoría enactiva, Siegel afirma que la mente no es algo separado de nuestro cuerpo ni de nuestras relaciones, es algo que emerge de ambos y que a la vez los regula. La conciencia es un aspecto más de esta mente emergente, un aspecto sin duda crucial pues nos permite “percibir desde dentro” el flujo de energía e información que nos recorre y la manera en que dicho flujo es regulado por nuestra mente. Es evidente que los seres humanos no hacemos una regulación óptima del flujo de información, como lo demuestra la existencia de enfermedades relacionadas con el estrés, las preocupaciones, o los conflictos en nuestras relaciones. Ante un desequilibrio “mental”, el cuerpo reacciona, en forma de enfermedad, para reequilibrar una situación que no se sostiene. A través de la conciencia (awareness) los seres humanos podemos observar nuestra mente y fijarnos en “cómo la usamos para alterar el curso de nuestras vidas, para aprender nuevas habilidades e incluso cambiar la propia estructura del cerebro, y para reflexionar sobre lo que tiene sentido”6. Y a través de una “conciencia plena” (mindfulness) podemos modificar dicho flujo de una manera concreta en la dirección de la salud y el bienestar.

Siegel afirma que este bienestar se consigue como consecuencia de un doble proceso en el que están inmersos todos los sistemas vivos: diferenciación e integración. Diferenciación es el proceso por el que las partes de un todo mayor se afirman en su individualidad, en su ser único y especializado. Es similar a la fuerza de autoafirmación de la que habla Wilber. Pero además, para que dichas partes puedan mostrar todo su potencial, es necesario un proceso paralelo de integración, de reconocerse como parte de una totalidad mayor que acoge y da sentido a lo que cada una expresa por separado (comunión, en términos de Wilber). De acuerdo con Siegel, un sistema capaz de diferenciarse en partes que colaboran armónicamente entre sí es un sistema sano y con un alto potencial de bienestar. Si por el contrario, el sistema no es capaz de mantener unidas sus partes diferenciadas o no permite una diferenciación real de sus partes, entonces cae en el caos o en la rigidez, respectivamente, y puede llegar a disolverse.

La definición que Siegel hace de la salud en un sistema vivo es clave para trasladar un concepto similar al mundo de los grupos y las organizaciones. Un sistema sano es aquel en que sus partes han podido diferenciarse y desarrollar su potencial y capacidad expresiva, a la vez que se reconocen como partes integradas en un sistema mayor que acoge y da sentido a lo que cada una de ellas expresan por separado. Para que un sistema goce de buena salud, es necesario mantener un flujo bidireccional de información entre las partes y de estas con el todo, de manera que en todo momento unos y otros conocen las necesidades de los demás y actúan para satisfacer las necesidades de todos. Cuando este flujo bidireccional se bloquea o deja de funcionar, cuando se pierde la comprensión del papel que juega cada uno en la holarquía, el sistema corre el riesgo de descomponerse. Afortunadamente, de la misma manera que los seres humanos podemos desarrollar una atención plena desde la que intervenir en el flujo interno de información y modificar incluso nuestras estructuras neuronales, también las organizaciones pueden desarrollar una atención plena cambiando la manera de conversar, creando espacios de diálogo generativo desde los que poder observar e intervenir en la regulación que la organización hace del flujo de información y energía7.

La mente grupal

Al asociar comportamientos inteligentes a todos los sistemas vivos se abre la puerta a la idea de una mente colectiva, una mente más allá del individuo. En el caso de las colonias de insectos sociales, como las hormigas, termitas o abejas, resulta evidente la existencia de comportamientos colectivos que se pueden considerar sin ninguna duda inteligentes. En un trabajo seminal, William Sulis (1997) utiliza el término “inteligencia colectiva” para designar cualquier “conjunto, relativamente grande, de agentes cuasi-independientes, que interactúan localmente entre ellos y con el entorno, en ausencia de todo tipo de organización jerárquica, y capaces de comportamientos adaptativos”. El término “agente” utilizado en esta definición permite incluir cualquier entidad con capacidad para actuar autónomamente, y no solo seres humanos8.

Atribuir inteligencia a sistemas vivos no es lo mismo que atribuirles otras propiedades propias de la mente individual como intencionalidad, pensamiento, memoria, aprendizaje, o conciencia. Sin embargo, dejando de lado la dificultad de qué podría ser una conciencia grupal subjetiva, Theiner, Allen y Goldstone (2010), apoyándose en la idea de mente extendida, muestran cómo ciertas características cognitivas propias de la mente individual (incluyendo la capacidad de memorizar o almacenar conocimiento, de resolver problemas a través de la creatividad y el pensamiento, de aprender e innovar, etc.), son proyectables a una mente grupal. Theiner y sus colegas dejan claro que la cognición en el ámbito de grupo no consiste en la simple agregación de actividades cognitivas individuales, sino que en muchos casos es el resultado emergente de las interacciones colaborativas que se dan libremente entre ellos, sin que haya una intención expresa por su parte9.

Si aceptamos la definición de mente como el proceso de regulación del flujo de energía e información que recorre todo sistema vivo, entonces la idea de que los grupos tienen una mente grupal cobra todo su sentido. De hecho, en todos los sistemas vivos, incluyendo grupos y organizaciones humanas, se da dicha regulación a través de diversas actividades que implican, como afirma Theiner, una división del trabajo que, en algunos casos, es diseñada, mientras que en otros (la mayoría a juicio de estos autores) es el resultado emergente de las interacciones entre los miembros del grupo u organización. En esta misma línea, Ralph Stacey (2001), un teórico de las organizaciones y buen conocedor de los sistemas complejos, afirma que el conocimiento en una organización no puede estar centralizado ni codificado, esto es no es algo que posean algunas personas o se pueda recoger en unas pocas frases. En una organización como sistema vivo, el conocimiento reside en las relaciones que se dan entre sus miembros y tiene que ver con la calidad de dichas relaciones, tanto desde el punto de vista cognitivo como emocional.

Información adicional

Notas complementarias:

1Los términos utilizados en el texto original, en inglés, son “enact” o también “bring forth”. Enact se traduce normalmente como “representar”, pero más bien en el sentido de evidenciar o hacer visible algo que se crea en la propia acción. Por su parte, “bring forth” se traduce como “producir” o “dar a luz”. Ambos se pueden traducir como dar forma, generar o “cocrear” en el sentido de que dicha creación es el resultado emergente de una actividad reiterada en la que participa un ser vivo y su entorno. Dada la dificultad de la traducción, a veces se opta por utilizar el neologismo “enactuar”.

2Thompson, Evan (2007), Mind in Life. Biology, Phenomenology and the Sciences of Mind. Harvard

University Press.

4Varela, Francisco J.; Thompson, Evan T. y Rosch, Eleanor (1991), The Embodied Mind. Cognitive, Science and

Human Experience. MIT Press.

5Siegel, Daniel J. (2012) Pocket Guide to Interpersonal Neurobiology. An Integrative Handbook of the Mind. W.W.

Norton & Company, pagina 30.

6Siegel, Daniel J. (2012) Pocket Guide to Interpersonal Neurobiology. An Integrative Handbook of the Mind. W.W.

Norton & Company, pagina 56.

7La atención o conciencia plena es sin duda una forma de sabiduría, en tanto que nos permite reflexionar en profundidad sobre nuestras experiencias personales sin juicio ni apego. En los grupos la sabiduría colectiva reside en las conexiones vivas que mantienen unas personas con otras y en la red de interdependencias que generan entre todas. Podemos acceder a dicha red y extraer la sabiduría que contiene a través de una escucha empática y profunda en una conversación en la que las personas hablan desde la ‘presencia’, tal como la define Otto Scharmer (2007). Una conversación de este tipo nos permite desarrollar una atención plena de manera colectiva y utilizarla para cambiar estructuras organizacionales ineficientes. Véase también el artículo El arte del diálogo, de José Luis Escorihuela: http://www.elcaminodelelder.org/blog/elartedeldialogo.html

8Sulis, William (1997) Fundamental Concepts of Collective Intelligence. Nonlinear Dynamics, Psychology and Life Sciences, Vol. I, No 1.

9Theiner, G., Allen, C., & Goldstone, R. (2010). Recognizing group cognition. Cognitive Systems Research, 11, 378-395.

Fuentes:

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